8.7.09

Riing. Riing.
Hace un rato estaba cagando, leyendo la Semanario, como siempre. Mis pedos fluían como si mantuviesen una conversación a los gritos, una especie de fraseo musical con olor a sorete asesino (guau, creo que acabo de describir a Pimpinela)...
El caso es que yo, mientras dejaba mis cachas moverse de lado a lado al son del ritmo, escuché a la distancia el sonido del teléfono (lo loco es que tenia el inalámbrico a un par de metros, pero bueno, sonaba lejano, con tanto ruido a subte bajo mío). Entre las risas que me producía estar cagando así, me dije para mis adentros “¿mierda, como hago para llegar al fono?”. Me empecé a levantar, con los pantalones en los tobillos, y un sorete a medio cagar asomando por atrás mio como si fuera un inmigrante ilegal que al cruzar la frontera siente una alarma y un reflector en la espalda.
Riiiing. Riiiing.
Llegué al teléfono, sintiendo el frío de la cerámica del pasillo en mi pichila. En voz baja, tratando de no respirar hondo para no morir en el acto, me dije “que no sea un telemarketer”, estiré el brazo y atendí… ERA un telemarketer. Obviamente, lo mandé a la concha de su madre, luego de un hermoso minuto y medio de decirle “¿hola? No se escucha nadaaa” y de hablar entrecortado diciéndole “es que … cucho … entrecor… perá … ¿ahora me escuchas bien? Ah bárbaro, menos mal… ¿en qué te puedo …yu…? No… corta….tra vez….”, hasta que se hartó y cortó él, probablemente asumiendo que la culpa era del teléfono, y evitando entrar a la “lista negra”de un telemarketer, ese papelito con tu teléfono que esas ratas se van pasando unos a otros diciendo “che, llamó este cliente, pregunta por vos. ¡Llamalo que es venta segura!” para que el inocente pelotudo lo llame con la mejor onda para enterarse que hace 1 hora que recibe llamados con una cadencia de 2 por minuto, y que va a hacer la denuncia para que echen al operador (claro, en Argentina la justicia siempre funciona ).
Volví al trono recordando las viejas épocas en que yo mismo fui telemarketer. Ah, que placer… cuando uno tiene un laburo donde tenés que apretar viejitas para que te compren, donde mentís descaradamente para ganarte unos pesitos de comisión (los que luego obviamente se destinan a un puterío), donde pones el “mute” y puteas alevosamente al que quieras, para sacar el mute eventualmente para decir “ajá. Sim. Lo escucho. Ajá.”, donde tus jefes saben menos que vos, aunque vos sabés que están ahí porque se enfiestaron con alguien, o porque los Capos de la empresa dijeron “che bolooo, pongamos tipo un supervisor que no sepa una mierda de nada, de forma tal que la cara de póker la tenga ya por naturaleza, viteh?”, donde te podes saciar con una manuelita ocasional bajo el box porque nadie te ve (aunque claro, pierde la gracia de la inquietante manuelita del colectivo, donde no solo está el factor riesgo de que todos piensan “¡¡¡¿¿¿se está ahorcando el ganso en el 59 sino que además como el bondi vibra da una sensación de que la pichila tiene vida propia y tenés que ahorcarla rápido para salvar la humanidad), y sobre todo, donde cualquier persona que te putea la podes rellamar durante el tiempo que consideres justo hasta hacerlos llorar y que te digan “¡basta! ¡Por el amor de Facundo Arana, dejame dormir!”, para despedirte de esa persona por ese día, y ya darle ingreso a la “lista negra” y su circulación por el Call Center.Mientras me limpiaba el culo con la Semanario (para algo la llevo al baño cuando cago), me entré a tocar el bulto, pensando que me gustaría estar en el 59.Mientras tanto, entré a recordar algunos de los especimenes (verídicos, eso es lo más triste) que encontré a lo largo de mi experiencia demencial como telemarketer, con mis dos hermosos laburos en los cuales en uno llamaba a México para vender tarjetas de crédito a maravillosa gente que todavía creía en los bancos (a pesar de que te decían “hace un año que la tramité y todavía no me llega, pero ya me cobran la anualidad”) y veneraban a los argentinos diciendo “que lindo tono de voz que tienes” (el 80% eran hombres que pensaban que yo era una mina. Tristísimo), y en otro laburo a España ofreciendo descuentos en los llamados telefónicos, para hablar con viejas putas que decían “¿tu eres argentino? ¡Sudaca!”y cortaban (en esos casos, no había lista negra. Se volvía personal. He llegado a entrar a un chat gay y darle a la gente “mi” número de teléfono, con “mi” nombre y apellido, y dirección, merced a la base de datos).
Como nota al pie, nunca discutan con un telemarketer que tiene tu dirección y nro. de cuenta bancaria.

Especimenes Mexicanos:

Inexpugnable Javier Concha Arzapalo:
Como tenía ese apellido y fue uno de mis primeros encuentros con un mexicano inteligente, me empeciné en venderle una tarjeta. El tipo no quería, pero como era tan divertido decirle pero Sr. Concha, mire que la tarjeta le sirve ah” y además quería llegar a cargarle la solicitud para decirle “el apellido es Concha Alza Palo?” y que me tenga que corregir…..lástima, se defendió demasiado bien. No fue venta.

La psicóloga entregada:
Aclaremos algo antes que nada: tengo menos onda en la voz o forma de hablar que Antonio Laje, y muchos clientes han dicho algo tan agradable a mi ego como “¿cómo? ¿ud. es un caballero? ¡pensé que era una señorita!”. Es por eso que me llamó tanto la atención cuando una mexicana que se enganchó contándome que era sicóloga y otras gansadas de su vida dándose como mina seria (yo escuchaba al pedo porque como muchas otras veces no tenía ganas de laburar), ya cuando iba a colgar (tenía un líquido urgente pugnando por salir de mi intestino) me dice “oye ... ¿alguna vez has hecho el amor por teléfono?”, y cosas como “es que tienes muy linda voz” (¿?) o “ya tienes mi número, llámame otra vez”. Salí diplomáticamente de la situación, dado que explicarle que no había “hecho el amor por teléfono” sino que de vez en cuando tiraba esas pajetas reparadoras le hubiera quitado el romanticismo al momento. Obviamente, la volví a llamar. Cuando atendió un mexicano con voz muuuy bala diciendo “¿tu eres el que habló con Andrea la otra vez, verdad?” me levanté de mi silla al grito de “¡ESTE SE LA COME CON PANCITOS!” y salí corriendo por la Nueve de Julio en busca del escarabajo perdido. Volví 3 meses después. Nunca más llamé ahí.

La Familia Tipo Mexicana: Historia verídica: atiende una nena.

Yo (con un fingido tono amable): “Hola, qué tal, ¿puedo hablar con el señor Chávez?
Nena: “Hola”.
Yo(con el mismo tono amable): “Hola, qué tal, ¿puedo hablar con el señor Chávez?
Nena: “Oaaaaa”
Yo (con voz fuerte y buscando el chumbo en mi cajón): “¿ESTÁ TU PADRE?”
Atiende una Vieja: “Hooooolaaaaa?”
Yo (mordiendo mis labios, a punto de mandar a cagar a la vieja que atendió un minuto después, respiro profundo).
Nena: “Holaaaa”
Vieja: “¿Quién hablaaaa? (imagínense a la vieja que cada vez que hablaba parecía que se quedaba sin aire, daba la idea de haber fallecido 5 minutos antes pero que igual levantó el teléfono para tomar el mensaje)
Nena: “Hola abuela, soy yo”.
Yo (con los ojos abiertos de par en par, respingando en la silla): ¡¡!!
Vieja: “¿Donde estás?”
Nena: “Aquí en casa, abuela”
Vieja: “¿En casa de quien?”
Yo (haciendo gestos a la gente de alrededor y los ojos escapándose de mí, casi cayéndome de la silla de lo tentado que estaba)
Nena: “En mi casa”
Vieja(con voz preocupada): “NIÑA DONDE ESTAS”
A esa altura corté porque me estaba meando de risa, en serio. Me sentía como si hubiera hablado con aliens (bah, en cierta forma, lo había hecho….). Recuerdo haber pasado un minuto o dos quieto mirando mi escritorio, pensando si me había quedado dormido y lo soñé, o eran consecuencias de haber fumado un canelón de pasto en mi “break”.

La pregunta más temida:

Atiende un viejo. Pregunto por el apellido de mi base de datos, el tipo dice “aquí no vive nadie así”. Trato de reiniciar la conversación buscando hablar entonces con quien carajo tome decisiones o sea, sacarme el viejo de encima), cuando el tipo vuelve a decir “aquí no vive…” con tono conspirativo como de quien dice “¿Álvarez? ¿cómo sabe que me llamo Álvarez?”.
Yo iba a despedirme (luego de poner mute y putear al viejo y a la humanidad) cuando con su tono paranoico-demencial, en voz baja, dijo “… ¿¡no estará usted loco!?” y cortó. Dos meses de terapia para mí.

Érika García García:

Otro ejemplo de que mi poder de levante sirve, pero con el radio de acción equivocado. La mina compró, y al despedirme le empiezo a decir “recomiéndame a alguien, algún conocido, alguien mas a quien llamar, tengo una familia que mantener” (y, no le iba a decir “¡si comisiono bien me voy de putas!”). Tras una tenue conversación, esperando sacar uno, dos conocidos que llamar, me dio … diecisiete.
De más está decir que saque unas diez ventas (que habrán financiado un par de petines de festejo), y que ni bien supe que no habían aprobado su tarjeta la volví a llamar, pero había cambiado su número.
He pasado un año rastreándola, nunca la encontré, pero al menos bajé las 12 libras que había engordado grabando la telenovela “Dos mujeres y un camino”.

El Señor Pájaro Chiquito:

Perder las comisiones: -$400.
Arriesgarte a que te echen con causa justificada: -$2000.
Ganarte el infierno: $0,80, o lo que salga el boleto.

Fidel Castro López: Un clásico. Cada vez que no tenía ganas de laburar, pasaba horas llamando números al azar y preguntando por un tal Fidel Castro López. Lamentablemente, nunca lo encontré, pero no pierdo las esperanzas.

Especimenes Españoles:

Gallego con carácter: Llamo a un campesino de Andalucía. Atiende mal, al punto que uno, con su sabia experiencia, empieza a hacerle gestos a los demás denotando que está por recibir una puteada descomunal muchas veces el volumen sobrepasa el auricular y todos podemos disfrutar de la buena educación de los españoles). Pero, siempre hay un pero (aunque lamentablemente también hay un Piero), el gallego me descoloca, diciéndome “usté en donde está”. “Madrid”, le digo (sí, a veces los telemarketers tenemos que mentir, obligatoriamente…aunque también se disfruta), por lo que responde “pos cuando venga usté a Sevilla, pásese por mi casa”, a los gritos. Yo, anonadado (diarrea, o sea), pienso que se trata de un tipo humilde y amable, de esa gente que es bueno encontrar en un día de lluvia en que se te queda la moto en mitad del campo (aunque después uno la trata de ensartar a la hija y el tipo te persigue con una escopeta, pasa siempre), pero ahí es donde, debo decirlo, el español me coge desprevenido (uso “coger” en todos los sentidos de la palabra), gritándome: “¿me oye? ¡Pásese ud. por mi casa, para que me toque los cojones!
Porque ya me lo está haciendo por teléfono, y si tanto quiere tocarme los cojones, pásese por mi casa!”. De más está decir que me despedí aplaudiéndolo, humillado, pero sin dejar de reconocer su talento, y sobra agregar que durante dos o tres días, llamado por medio, marcaba su número y colgaba, en muchas ocasiones tras una respiración jadeante de mi parte (¿pajeta? No, es que soy asmático y se me había roto el inhalador).

El Señor Alegría: Nada motiva más a un vendedor que un apellido gracioso. La cantidad de objeciones que el hombre tenía (“no llamo a nadie”, “estoy muy viejo”, “mi hijo no me deja”, “me hago pis”, etc.), ninguna pudo vencer el hecho de que se llamaba Jesús Alegría Solano. A cada frase mía, el latiguillo “¿verdad, señor Alegría?” hacia surgir un pato de atrás de mi monitor, que tras decir lo suyo se escondía nuevamente. Además, cuando el buen hombre este tuvo el error garrafal de decir “mi hijo no me deja”, me incentivó aún más: instantes después, estaba hablando con Jesús Alegría hijo, comentándole que “Señor Alegría, no sé si su padre, el Señor Alegría Solano, le dijo que yo quería hablar con usted, ¿verdad? Ah, me alegro” (cuac). Se que ustedes estarán diciendo “pero OBVIAMENTE que los gallegos sabían que los estabas gastando”. Por supuesto. Eso lo hacía aún más divertido.

La Familia Tipo Española:

Nuevamente, juro que es verdad. Pero por algún motivo, quiso el destino que un día suceda esto:
Mujer 1: ¿Hola?
Yo: “¿Buenas tardes, con la señora Concha por favor? (la cantidad de veces que uno pregunta por Concha…..)”.
(se oye que levantan otro auricular) Mujer 2: ¿Hola?
Mujer 1: ¿Hola, quien es?
Yo: “Si, buenas tardes…”
(al mismo tiempo, la mujer 2 dice “Hola, soy Marta, quien habla?”. Sintiendo un dejá vu más grosso que el que se siente al ver cualquier telenovela de Gustavo Bermúdez, entro a tentarme.)
Mujer 1: “¿Marta? ¿Eres tú?”
Mujer 2: “Si, mujer, ¿donde estás?”
Mujer 1: “Pos… estoy en casa.”
Yo: “HOLAAAAAAA OAAAAA MCFLYYYY” (obviamente, ese día SÍ necesitaba vender).
Mujer 2: “¿Pero en casa de quien?
Yo: “HOOOOOOOOOOOOOLAAAAAAAAAAAAAAAAAAA” (golpeando el auricular contra el escritorio).
Mujer 1: “¿Marta, oyes? ¡HAY ALGUIEN EN LA LINEA!”
Mujer 2: “¿Hola?”
No recuerdo bien si corté, o me desmayé.

La Señora Josefa: la criatura más lúcida que encontré en mi vida. Harta de las convenciones y lugares comunes de las frases hechas, Josefa Abracón Higas Mampel (obviamente que tomé nota de esta mujer) me dijo, ni bien la traté de convencer de que compre mi servicio: “No quiero hacer nada, Y PUNTO Y COMA”.
Claramente, al ser punto y coma, esperé unos momentos y seguí hablando, pero, sorpresivamente, ella cortó.
Como verán, es estresante ser telegarketer, no hay dudas. Creo que para despedirme, no hay más que citar otro prócer, llamado Francisco Ropero López, a quien llamé a su domicilio de Madrid para que me atienda diciendo “¡le voy a colgar! ¡le voy a colgar!” y luego de semejante amenaza impiadosa, procedió a cortar, nomás. El caso es que sería una anécdota normal para un telemarketer, si no fuese porque un rato después me cayó la ficha, de que el señor ROPERO lo único que dijo fue que me iba a COLGAR. Y ME COLGÓ. Creo que no hace falta aclarar más … ser telemarketer es grosso.

Basado en los relatos de Sebastián "Alucard" Ramirez.


















Gracias Facundo, por todo tu fútbol.