En el cuarto nos encontrábamos hablando hace varias horas. Una charla interesante transcurría en ese entonces. Las lenguas no paraban, estaban inquietas, una sobre todo, que no paraba de molestar a Mary Popins. No sé porque la molestaba… pero me molestaba que lo hiciera. Estaba la Reina Garufa también, bailaba entre todos paseando su mirada a cada rincón. El Lagarto Juancho no paraba de mandibulear, y su hocico era el de todos el más abierto… Cruzando el arroyo se divisa a un mono colgado en una rama, a veces venía a visitarnos, ahora no nos visita muy seguido.
Se encendieron las luces… la Bruja del 71 vino a regalarme un chupetín. Últimamente se está comportando bastante bien. Incluso recordó apagar la luz antes de irse.
Mary Popins se iba a cada instante, volvía cuando yo movía la lengua, pero yo no me daba cuenta, era la que menos me interesaba en ese instante, o la que más…
“Llegó Tam con su jarra loca” dijo la lengua juguetona que yo pocas ganas tenía de oír… “Juguemos a quien escupe más lejos” propuso luego… Estaba irritadísimo ya… yo le había enseñado a jugar, él ni se lo imaginaba…
Mi lengua siempre brillaba en su opaco esplendor, divagando fabulosas quimeras de mi cabeza, llamando la atención de la única estrella sin luz de la zona.
Cuando Garufa se quedó sin título, o sin ropa, en ese cuarto oscuro al cual me visitaba, no pude hacer otra cosa que mirar… me parece que alguien hubiera hecho otra cosa más que mirar, pero siempre tan idiota…
Encendieron la luz… o la encendí yo. Se me acabó el agua. LLamá al médico. Ah, más tarde, es temprano todavía….
Apagué la tele y me encontré con Salo… el me dijo que debía ir a jugar a la pelota, que el Mono y Juancho estaban esperándome para empezar.
Me fui a dar una vuelta, no tenía ganas de jugar a la pelota ese día. Tenía ganas de colgarme de la rama, y eso hice.
Tarde me di cuenta que se había vuelto a poner el sol. Las paredes rechinaban de humedad, y las puertas daban asco. Una taza de café asomaba su estrepitoso paladar, que decía ser refinado. Un ladrillo, era lo que necesitaba para desprenderse del mundo, sin dejar de sentirse en él. Pensaba en su amigo perdido, el que nunca encontró. ¿Dónde lo habrá dejado?
Luz… se puso unos anteojos y se olvido de ella por completo, creo que cerró los ojos.
Tam escupía lejos, Luz quería demostrar que no le importaba escupir, y sin que nadie se diera cuenta se tragaba su saliva. Mary Popins está siempre presente, che… me parece que no tiene nada que hacer, sin embargo me gustan sus bucles… deja de moverte lengua inquieta.
Parece que a los dientes les está saliendo el filo. Los están limando demasiado últimamente, no dejan de sonar en la radio. El fuego verde se refleja en tu colmillo, dejalo caer…
¿Aprendiste a caminar con 2 o con 3 pies? Ah, me parecía… los píes están de más, pero los miramos todo el tiempo. ¡Bah, ustedes los miran, yo miro al frente!
Lengua de fuego resultaste tener. Deja de mostrarme los dientes, yo tengo un colmillo que sólo se lo muestro a las fieras. ¿Querés verlo?
La silla esa noche estaba incomoda, me fui a tomar aire, a apagar la luz, y a ver a Garufa, a la Mary Popins, y esos dos toros, uno más cornudo que el otro.
Ah, me voy de acá, Garufa está desnuda, mis ojos no están preparados para esto.
El árbol sirvió para ver mejor, pero no para tenerte cerca, extrañaba tus mejillas ruborizadas, sabía que las iba a volver a ver.
De repente Salo sale del placard y fuimos a fumar un cigarrillo a la esquina. En el kiosco nos dimos cuenta de que un philip no alcanzaba. “Y lo qué importa…” lleno mi garganta, quizá la sangre de Dios. Empezamos a conversar de lo bien que nos estaba yendo. Sus pupilas dilatadas me decían que algo no andaba bien en él. Estaba más flaco. Le gustaba retocarse la nariz. Debería ser una tradición entre bueyes. Aprendiendo de él siempre fui bueno. Ésta vez cambiamos de parecer. Cada cual sigue su camino. Estamos grandes. Sin embargo no te olvides nunca de mí.
Me encontré una bicicleta tirada y me fui a mi casa pedaleando felizmente. Igual cuando llegué a la puerta volví para atrás, me había olvidado de devolverle a Salo su encendedor, no suelo quedarme con lo que no es mío.
Terminamos con lo que importaba y me fui a mi casa, caminando cómo hacía siempre que nos veíamos.
Llegué a la puerta de mi casa, saque las llaves y me metí en el auto junto con Celeste, que me había prometido salir conmigo ese día, aunque ya era de noche, ¡Y qué noche! Nunca había visto tantos globos.
Cuando me baje del auto me caí en la cama y me tire a dormir un rato con ella, ni cuenta de la hora nos dimos que se vistió y se fue de lo tarde que era. Prendí la tele y Cele me susurraba chascarrillos al ojo izquierdo. Quería ver la tele, aunque no le podía dar mucha importancia con mi amiga al lado. Me parece que buscaba que la mire, me parecía raro…
¿Un cactus azul que habla? ¿Qué clase de dramaturgo es éste? El color amarillo inundo mis parpados, por lo que me saqué mis lentes y empece a escupir lo más lejos que podía, delante de Mary Popins, que parecía embobarse con mi saliva. Juancho había dejado de mandibulear para mojarse los labios. El Mono se había ido a dormir. Seguía escupiendo y Mary Popins me ofreció salir a pasear. Decidí aceptar su invitación, sólo para que nunca más tuviera ganas de caminar a mi lado. Espero esta vez haberlo logrado. Esa lengua no para más, pero ya no puede contra mí.
Me voy a soñar, apago la tele y mi abuelo me dice que tengo que tomarme el matecocido, que me tengo que cepillar los dientes y que después puedo salir a dar una vuelta. Me subo a mi bicicleta y viajo como puedo, es que al principio cuesta. Mis pedales son nuevos, mi cadena parece oxidada, mi manubrio brilla, mi asiento es bastante cómodo. Los autos pasan por al lado mío y yo ni me detengo en ellos, el semáforo nunca existió para los pedales.
La lengua quiso hacerse presente, está en todos lados, no sabe respetar las normas del juego, y recién ahora se anima a mostrar que tiene saliva. Ahora, que estamos solos.
Caminé unos pasos y apague la luz. Jadeante la Reina Garufa, junto con el Lagarto Juancho, Mary Popins, y yo, conversamos hasta el amanecer. Parecía un juego de naipes mal barajados lo que sucedía. El Lagarto Juancho y la Reina Garufa nos dejaron solos y no sabíamos de que hablar. Parecía un detective. Igual me gustó conocer un poco más de ella. ¡Mañana seguro que me la saco de encima! Tam no paraba de reírse. Una risa agradable. No cómo la de esa lengua. Esa lengua quiso jugar a la mancha venenosa. Por suerte se jugar a la mancha televisión, y se fue corriendo a curarse. Mary Popins hoy tenía los ojos más lindos que nunca. Tam se dio cuenta de que sobraba. Yo, inmutado, me senté a su lado sólo por esta vez. Ya en este entonces me sonaba una melodía conocida, de esas que pasan en la radio cuando estás acostado. Pero yo seguía diciendo que mañana era otro día. Sin darme cuenta Mary cada vez estaba poniendose más y más linda, su pelo lacio combinaba con el Popins de su nombre. Hoy la escucho. Tiene cosas lindas para contar. No es tan aburrida como dicen todos. Todos los que escucho. La lengua se volvió a hacer presente. ¡Hoy fuiste inoportuno!
Un comanche apareció entre los fabricantes del detergente. Decían que no sabía ni cultivar papas, que dejara de usar plumas en la cabeza, tantos “bla” salían de esos fabricantes de detergente, cómprense una esponja.
Me vino a visitar mi viejo amigo Mark, también, estuvimos charlando un largo rato. Mientras en su casa un perro ladraba, en la mía Mary y yo caminábamos alrededor del reloj sin darnos cuenta en que sentido íbamos. Se iba oscureciendo el atardecer cuando dimos la vuelta y cada cual tomó la dirección que le correspondía, se acercaba el final y poco empezaron a pensar en un principio mejor. La luna se puso a hablar. Los astros suelen decir cosas cuando ya se te va nublando la vista. Qué suerte que me haya llegado el sueño. Puedo afirmarte que ahora, recién en este preciso momento, me voy a soñar.