21.4.09

Me encontraba totalmente perdido entre el ruido de las cuerdas, el de los bombos y platillos, las voces que golpeaban el ambiente y sobre todo, en mis pensamientos. Era una tarde como cualquier otra, ríendo con amigos, el ritual de siempre y a éste le sumaba el plus del sonido amplificado. Era la primera vez que disfrutaba de un momento así.
Había llegado ahí por obra del destino, como siempre que me sucedían cosas extrañas y poco normales para mi. Ni cuenta me había dado, ya que entre risas, palabras y fiesta, nos encontramos en un pequeño cuarto entre ideas, objetos que poco entiendo y ganas de crecer.
Primero me encontraba entre reyes, que parecieron convertirse en alfiles, pero al final termine arriba de un caballo que saltaba de casilla a casilla sin importarle las piezas que en su camino se interpusieran. Era una partida en la cual parecía ganar, perder, o empatar, aunque daba para mi lo mismo ya que estaba entretenido. El juego se volcó a las facilidades de mi vista y ya no tuve que seguir jugando, me dejé llevar por el ambiente, y sobre todo por mis ideas... ideas muy fuertes que se fueron transformando, mezclando las matices e iluminando con ciertos colores que a veces hasta llego a desconocer. Las tablas fueron la solución al problema.
Seguía en la Luna, perdido en la luz que en la Tierra se reflejaba. Un inmenso mar se divisaba desde la roca en la que me había sentado, y tantas estrellas como granos de arena hay en una playa. Me divertía saltando lo más alto que podía, intentando llegar al mar, pero por más que intentaba, sólo me elevaba unos metros más que lo habitual. Un gato negro se escondía mientras me protegía, yo lo llamaba pero no venía. Ya nadie escuchaba mis señales.
¡Ese lo conozco! Anoche hubo fiesta en el club del blues local... al final no somos tan distintos. Sigan sonando así, algún día se va a escuchar mejor.
Y volvía a encontrarme caminando por el bosque, acompañado por mi fiel compañero. Lobo y yo caminabamos solitarios, con la mirada perdida y el cuerpo agitado y cansado de tanta caminata. La espesura del bosque y la resquebrajada tierra ya nos resultaban intransitables. Yo, como único ser racional, decidí que el lugar en el que nos encontrábamos, rodeado entre tres árboles, uno tan alto como el obelisco, otro ya casi muerto y despoblado, y uno en el cual parecía un comodo lugar para reposar, era el mejor para acampar hasta recuperar energías y seguir caminando. Pero por más que intenté, fue imposible dormir. De repente, una espesa bruma pobló los alrededores que mis ojos divisaban, y mi cuerpo sintió el temor de que cualquier ser vivo pudiera aprovechar mi debilidad y apoderarse de mi cuerpo para saciar su necesidad alimenticia de carne humana. Tenía a Lobo, pero para mi no era seguridad suficiente su compañía. Y fué cuando pude divisar una estrella, que una bestia salvaje se apoderó de mi vida, y digo bestia porque fue tan fugaz que ni siquiera pude identificarlo. Lobo huyó, luego de llorarme y añorar mi alma, espectando a mi cuerpo tieso y ya sin vida...
Cuantas veces oigo el mismo ruido, y una tarada (sí, una rubia) abre la puerta luego de un estrepitoso silencio... el sonido se acabo, los cables vuelven a sus estuches, junto con las cuerdas y los bombos se acomodan en un rincón, se incia un nuevo ritual, un último ritual, mientras desde el cielo me veo ríendo y disfrutando de mi suerte de hoy. Quizás sea así para siempre. Quizás haya nacido para reír y llorar, y ser feliz por efímeros momentos que la vida a veces proporciona. Por las muertes que he tenido hasta ahora, reiré hasta morir.