16.2.09

Últimamente veo la posibilidad todo el tiempo. Pero es todo lo que veo. El resto sigue ahí sin un lugar en donde desembarcar. Es que el tiempo se me ha ido de las manos.


¿Qué tal si hoy les cuento lo que me sucedio la noche en la que lo conocí a él?

Iba vagando como todas las noches en mi andar solitario. Años y años de soledad me acarriaban hambre, dolor, frío y por sobre todas las cosas, miedo. Miedo a todo ser que me rodeara. Fui lastimado por el afán de otros, por el desprecio y la agonía de aquellos que de tanto sufrimiento que cargan, se descargaron conmigo. Y tantas otras cosas que no puedo recordar...
Me involucraba entre ellos desapercibidamente, pocos notaban mi presencia, incluso él, que se lo veía risueño todo el tiempo, a veces callado, apartado, y otras veces el más vivo de todos. Un tipo raro.
Lo veía todos los días. Llegaba siempre con su sonrisa entre dientes. Saludaba a todos, y a veces se acordaba hasta de mi. Me gustaba por sobre todos su compañía ya que él no le importaba con quien se encontrara, solamente le gustaba la compañía de otros, en éso nos parecemos.
Yo que siempre fui alguien a quien pocos querían pero que siemper me aferraba a ellos ya que en mi naturaleza la palabra lealtad es la que se encuentra por sobre las demás. Y ellos... mejor no hablar de ellos.

La noche se encontraba tensa, bastante acarreada, yo había ido y venido varias veces ya. Los señores feudales se encontraban ya en uno de sus rituales favoritos, en los cuales mezclaban restos de harina vencida con un poco de planta avinagrada, la enrollaban en un papel rectangular y pequeño, luego con el bastón mágico de mi sonriente amigo lograban sacar chispas del papel. Yo le tenía miedo al bastón, cuando giraba una piedra encendía una luz muy poderosa capaz de dañar cualquier objeto, viviente o no, reduciendolo a cenizas. No quería correr con ésa suerte.
Tragaban ése humo viscoso que producía esa mezcla rara la cual ellos 2 llamaban "mixto", que tanto le prohibían a los de menor estatura, por alguna razón que desconozco.

Luego de dos "mixtos", señor sonrisas se quedo solitario, mirando el abismo, atontado, algo loco, cantando sus canciones de siempre. Yo me encontraba en el otro extremo del cuadrado. Había empezado a llover. Nuestras miradas se cruzaron por infinitos instantes en los cuales él y yo, de especies diferentes, aprendimos a entendernos.
En mis cuatro patas, emprendí mi silencioso andar hacia él. Me ofrecía un lugar junto a él, que me negué a aceptar. Me ofreció su mano. Me la volvió a ofrecer. Con timidez pasé mi lengua por toda ella. Éstos humanos avaros y tan pretensiosos, ¡Ahora quería que le lamiera la otra! Muy ofendido habría terminado, de no ser porque cuando le di vuelta la cara quitó inmediatamente las dos manos y me volvió a ofrecer el mismo lugar, junto a él, con la sonrisa más amigable que hubiera recibido nunca en mi vida.
Mi lengua empezó a recorrer su rodilla, había encontrado al fin a alguien a quién no le importara mi condición, mi vejez, mi soledad, mi angustia, mi llanto, mi dolor... mis sin fines de historias que nunca le podré contar... tan sólo escuchar...
Sonrisas Inciertas es un gran historiador, me ha endulzado mis oídos con historias tan bellas, que he empezado a quererlo...

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, y ahora seguro un poco más que antes, nunca comprendí tus ideas alocadas ni mucho menos porque a mi que no puedo contestarte me diste la despedida más agradable de todas, has sido un fiel compañero durante ésas noches en las cuales nos quedabamos solos. Había días que no estabas con ganas de hablarme, incluso había días que no te animabas a mirarme.
Sin embargo, yo siempre estuve ahí... y sigo aquí... esperando a que algún día me vengas a visitar.